Fotografía sanadora. Una sesión terapéutica

Vivimos rodeados de imágenes, pero no solo por carteles publicitarios y marcas, sino también por la estética de las modas que afectan muchísimo a cómo percibimos el concepto de belleza y, consecuentemente, en cómo nos percibimos y valoramos a nosotros mismos.

Al vivir en sociedad -y más concretamente, en tribus urbanas-, los patrones de estética, y lo que se acepta o no, tienen un peso demasiado alto y distorsionan mucho la percepción de la realidad de las personas únicas que somos.

La Madonna dei gatti.

Hay quienes usan esas diferencias para destacar, significarse o incluso protestar, pero más allá del uso externo que hagamos de la estética, lo importante es cómo nos sentimos con nosotros mismos y cuál es el grado de aceptación o satisfacción de nuestra propia imagen. Tan peligroso es sentirse inferior, menospreciado o marginado, como ser esclavo de la aparente perfección y vivir engreído por tener la creencia de estar por encima de los demás. Como dicen en la Medicina China: ni en exceso, ni en insuficiencia hay salud.

Todo esto hace que distorsionemos muy fácilmente la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando nos miramos al espejo, la mirada crítica no puede ser mayor. Quizá porque lo más esencial no nos lo podemos apreciar en él.  Es cuando nos «reflejamos» en la interacción con otra persona cuando manifestamos esa luz, ese interior. Por eso no es lo mismo hacerse un selfie, que obtener una fotografía fruto de la interacción con un fotógrafo que, conociendo bien su oficio, sea capaz, además, de sacar de cada uno esa personalidad.

Miguel y sus facetas.

Establecer una comunicación entre el fotógrafo y la persona que posa, un diálogo. Generar un vínculo a través del cual, la persona se expresa y, casi transparente, entre las dos personas, hay una cámara que capta esa comunicación. Ese es el retrato. No captamos caras, captamos comunicación no verbal, sensaciones… el alma, como temían los indígenas norteamericanos.

Partiendo de esa interacción, de la propia sesión fotográfica, a parte de las bonitas imágenes obtenidas, surge otro resultado añadido al hecho de hacerse unas fotos: el de la propia experiencia de ese proceso. No solo puede resultar divertido o enriquecedor, sino que puede llegar a ser terapéutico. Durante el proceso o al enfrentarnos al resultado que el fotógrafo ha captado, algo cambia en nosotros, otra imagen distinta a la que teníamos nos llega. Es una visión externa, lo que no vemos, es… lo que nuestro interior proyecta. ( a menudo… inconsciente ).

En varias ocasiones, mi amigo César Cerón ha escrito sobre esa relación entre la fotografía y la psicología Gestalt haciendo hincapié en la toma de conciencia del ojo que mira sobre el instante efímero que sucede ante él. Y de cómo la fotografía surge como reflejo involuntario de lo que Es.

Pedro, profesor de Aikido.

Los que me conocéis, sabéis que dedico mucho tiempo al acompañamiento personal en la práctica del Taichi y al crecimiento personal desde la filosofía oriental. No es raro pues, que esa misma función de canalizar ciertas emociones y motivar hacia la asertividad y el empoderamiento, termine llegando también a la fotografía que realizo.

Por todo esto, la propuesta desde TresSotomayor de fotografía de personas abarca toda esta «cocinilla» en su interior. No solo pretendo crear Retratos en el más amplio y profundo sentido, sino ofrecer la oportunidad de que sea una experiencia sanadora, que ayude a las personas a reencontrarse con todas sus facetas, las más dulces y las más canallas. Ya sabéis, somos… un abanico.

Atrapa lo efímero… con arte

Esperando a Tiago.

Hay situaciones o circunstancias que no se repiten. Son esas ocasiones donde merece la pena conservar un bonito recuerdo, incluso lo más poético posible -diría yo-. (En los concursos fotográficos, uno de los aspectos que se valoran más de una imagen es si tiene «momento«, es decir, si refleja algo irrepetible que el autor logró captar).

Tenemos claro que eventos como un bautizo, una boda… se inmortalizan para «tener el recuerdo», pero hay otros muchos instantes de la vida que cobran ese valor precisamente porque son efímeros, porque no tendremos oportunidad más adelante de reflejarlos del mismo modo. Un viaje, una celebración, un cambio de imagen, una etapa de nuestra vida concreta, o una frescura que tememos perder son buenos argumentos para capturar ese momento.

Para cumplir ese objetivo, una foto con el móvil bastaría pero… ¿y si además del recuerdo, creamos algo bello, algo artístico y memorable? La diferencia entre la fotografía documental y la expresión artística radica ahí: Un obra artística en una pared importante de la casa pasa al poco tiempo, de ser una decoración, a ser un objeto importante para la familia, un recuerdo con valor sentimental y emotivo para todos. Pero para eso, hay que crear ese valor, ese recuerdo.

Es una buena costumbre, entonces, estar atentos a generar esos recuerdos, regalar o regalarse esos trocitos de la historia familiar que solo tendrán sentido, quizá, con el paso del tiempo. Y por eso, lo ideal es que el recuerdo sea lo más artístico, lo más bello posible… y poético.